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Cuando compartimos demasiado en la Red
 La red social ha revolucionado Internet, sin duda. Y con ella toda la sociedad. La Web 2.0 ha modificado la forma en que buscamos información (o la creamos), cómo nos comunicamos, cómo vemos los medios e, incluso, cómo nos relacionamos entre nosotros mismos.

Hace algún tiempo leí un reportaje que hablaba de los retos que la generación Facebook ha de enfrentarse en el futuro. Un notable miembro de un centro de investigaciones psicológicas de Londres afirma que todos los muchachos que ahora tienen cuentas en Facebook y MySpace y afines no pueden tener amistades duraderas, pues la mayoría de las comunicaciones ocurren en línea. Qué fácil es simplemente borrar una amistad con un solo clic; ¡y qué distinto es cuando lo comparas con el mundo real!

Eso es a lo que nos arriesgamos en la vida real. Las relaciones en Internet toman tiempo. Son complejas. Y tiene barreras, sí, pero a veces esas barreras son necesarias.

Todo en exceso es malo
Pero es muy fácil perder la perspectiva de cuánta gente está escuchando las conversaciones que uno sigue en Internet. Creemos que estamos hablando con nuestros amigos cercanos, en un diálogo privado, cuando en realidad muchas veces estamos poniendo información potencialmente sensible a la vista de cualquiera que sepa dónde buscar.

De hecho, hasta yo he caído víctima de eso. Y en efecto, es muy fácil perderse en un mundo donde sin ningún problema puedes compartir con gente de sitios tan disímiles y con tanta facilidad. Pero como en todo, a veces se dice demasiado. Y uno cuando se siente confiado, pues dice cosas... peligrosas.
Claro, la mayor evidencia que el mundo de Internet se está poniendo demasiado cercano es el caso de la joven Megan Meyer, de 13 años.

El año pasado, luego de haber peleado con su mejor amiga, la joven de O’Fallon, Missouri, conoció a un muchacho de la red social MySpace llamado Josh Evans, de 16 años. Megan se enamoró mucho de él, a pesar de las advertencias de sus padres, y en efecto, un día leyó un mensaje de Josh diciéndole que no quería saber de ella porque se enteró que “hería a las personas”, y que honestamente pensaba que el mundo estaría mejor sin ella.

El hecho no hubiera pasado de una adolescente descorazonada, excepto que Megan, que ya sufría de depresión clínica, se ahorcó en su baño. Peor aún, Josh Evans nunca existió: era una creación de la madre de la amiga de Megan, Lori Drew. Por supuesto, eso causó una polémica internacional, pero lo preocupante aquí son dos aspectos.

Uno, en línea se están creando relaciones tan fuertes y tan “reales” como las que podrían ser en la vida normal, lo que hace a muchos jóvenes posibles víctimas de pederastas o incluso asesinos en serie, amén de lo que le pasó a Megan. Ya la distinción entre amigos y “ciberamigos” es cada vez más borrosa, y es algo que plantea un riesgo, si acaso porque estamos creando potenciales desadaptados.
Segundo, es increíble lo poco que la gente cree que esto es serio. La señora Drew aprobó crear a Josh en cada momento junto con su hija y una amiga de 19 años. ¿Qué no llegó un momento y pensó “creo que estos niños se toman demasiado en serio esto de Internet”?

 

 

Juan Carlo Rodríguez
juancarlor@yahoo.com

 
 
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