Sin los recursos que ha malgastado Chávez en 10 años para vendernos el bodrio de su revolución tapa amarilla, el presidente civil Juan Pablo Rojas Paúl (1888-1890), hizo de Venezuela un país decente en medio del apetito de los generales y de los merodeadores de las prebendas del poder.
Dos años bastaron al anciano gobernante, para dejar obras de notable significación material y espiritual que aún benefician a los venezolanos.
Como católico practicante Rojas Paúl se embarca en la construcción de las Iglesia de San José y La Pastora que servirán de núcleo a estas parroquias que junto con las aledañas al núcleo histórico reforzarían en sus habitantes el orgullo de ser nativos de la ciudad. Remodela la Iglesia de las Mercedes, levanta la del Prado de María, ornamenta Santa Teresa, Santa Capilla y repara Santa Rosalía, en abierta oposición al laicismo de Guzmán Blanco con la excusa de que “las sociedades no sólo viven de la política, presupuestos, escuelas, ferrocarriles, pues hay intereses morales que atan a las almas con lazos eternos”.
Esta religiosidad la compaginó con valiosas construcciones laicas, como la inauguración del cable submarino La Guaira-Europa, el Hospital Vargas con capacidad para mil camas, la construcción de la sobre cúpula metálica del Capitolio Federal, el monolito de la Plaza Bolívar de Valencia y los acueductos de Barquisimeto y Guanare, entre otras obras.
Después que rodaron las estatuas de Guzmán, a comienzos de 1890 se habla de reformar la Constitución con miras a la reelección de Rojas. El disminuido guzmancismo era todavía una fuerza de temer y por no ser militar, Rojas sabía que cualquier esbozo reeleccionista lo dejaba a merced de los caudillos. A esto se sumó una enfermedad que los suyos atribuyeron al exceso de trabajo, los guzmancistas al remordimiento y la mayoría de los observadores a la cana al aire del viejo presidente con una cantante de la Compañía Italiana que visitaba Caracas. Boche que le brindó el poder y Rojas no lo peló.
En todo caso, para tristeza de sus seguidores y arrechera de los guzmancistas que no lo pudieron acusar de reeleccionista el presidente tenía cubierta las espaldas porque en 1889 había emitido una proclama en la cual declinaba en absoluto el honor de una reelección.
|