Para algunas personas ser responsable significa pagar las cuentas a tiempo, cumplir con sus obligaciones, ser buenos hijos, padres perfectos, mejores esposas o esposos. Esta es, por decirlo de alguna manera, la definición compartida de este concepto.
Sin embargo, hay otra forma de mirarlo. La responsabilidad tiene que ver con la capacidad que tengo de responder ante una situación determinada, es decir, cómo lo afronto, cómo lo encaro, qué hago al estar frente a frente con ese tema que me inquieta, perturba, alegra o emociona.
Cuando soy responsable, puedo observarme, sentirme, tener y tomar conciencia de mis necesidades, mis limitaciones, mis posibilidades, mis recursos. Y desde allí, puedo decidir qué acción voy a ejecutar y asumir las consecuencias, sean éstas las que sean.
Con responsabilidad puedo decidir si me quedo en un lugar o me voy, sabiendo que si permanezco, ganaré y perderé parte; y teniendo en cuenta que si me voy, igualmente gano y pierdo.
Con responsabilidad, la decisión está en mis manos y no en la de los demás. Mi felicidad o mi tristeza no dependen de un tercero, sino que me pertenecen y como tal, las disfruto o no, cuando aparecen.
Cuando soy responsable no soy dueño de la vida de nadie, solo de la mía. Nadie me pertenece. No juzgo, ni aconsejo, ni doy opiniones. Observo al otro con compasión y me observo de la misma manera. Me acompaño en el camino dulce y en el más amargo. Y puedo ser compañero de alguien en el mismo recorrido, dure un segundo o toda la vida.
El camino de la responsabilidad tiene un precio y una recompensa, como todo. ¿Te atreves a transitarlo?
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