En todas las relaciones humanas hay un intercambio constante. Damos y recibimos. Entregamos y abrimos los brazos para tomar lo que el otro tiene para darnos. Y en ambos actos se pone en manifiesto el amor y la confianza.
El balance está en dar y recibir. En poder entregar y en poder tomar.
¿Qué pasa cuando damos y no recibimos?
En la entrega, nos quedamos sin nada para dar. Pareciera, aunque no lo hagamos con esa intención, que no necesitamos del otro y que somos mejores que él o que ella, por querer dar sin tomar nada a cambio.
Cuando esto sucede, el probable que el otro se marche. Porque se sentirá en deuda con nosotros. Y preferirá estar con alguien con quien pueda tener una relación más equitativa.
Y si no se va, probablemente nos vamos nosotros, los que dimos todo. Incluso quizá nos vamos con ese reconcomio de quién todo lo dio y poco recibió a cambio.
¿Qué pasa cuando recibo y no doy?
Me siento en deuda con el que me da sin pedirme nada a cambio. Quiero retribuirle de alguna manera. Y si esta persona no recibe de mí, es probable que la relación se fracture o se disuelva, porque pareciera que estoy en deuda con él.
Puedo además experimentar que valgo menos que él. Que él es más grande que yo o por eso no quiere recibir de mí. Y como consecuencia, me iré a compartir con otra persona con la que pueda establecer una relación más equilibrada para los dos.
No hay mayor secreto. Solo dar y recibir. Abrir las manos para entregar y también abrir los brazos para tomar. Es la única manera en la que podemos tener relaciones que crezcan en el tiempo, en las que ambas partes se sientan cómodas, seguras, amadas y respetadas.
|